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Opinión | “La grieta es mundial”

Posición Política

Por Leando Weinberger

Ahora que se afianzó la moda de hablar de la grieta y se busca sus causas en la argentinidad,es necesario ver que es un fenómeno mundial. Obama en una reciente entrevista hacía hincapié en las palabras de un congresista que en una discusión recalcaba que: Uno puede tener sus propias opiniones, pero no sus propios hechos. Es el mismo hombre que en su último discurso como presidente decía que “pese a lo que mostraban las estadísticas”, el racismo estaba en retroceso.

Si nos quedamos en este fenómeno, pronto advertimos que la objetividad le interesa a la oposición mientras que para el gobierno es más importante buscar los indicios que señalen el mundo que dice estar creando. Es decir, al gobierno siempre le interesa encontrar un árbol que sea más importante que el bosque. En cambio, para ser oposición, con la verdad alcanza. Puede sonar pesimista pero para mostrar que el conjunto mejora se necesita ser detallista, incluso tener fe. Para mostrar que el conjunto va mal hay que mostrarlo nomas. Así es el siglo XXI.

Y no es de ahora

Resulta que allá por la década del 70 del siglo pasado, en un coloquio llamado “El texto histórico como artefacto literario”, Hyden White advertía, por ejemplo, que la diferencia entre la interpretación marxista y la conservadora de la revolución francesa no radicaba en la cantidad de hechos que una y otra conocían ¿Qué tiene que ver la reflexión epistemológica de los historiadores con la posición política?

El esquema: posición política y trama

Resulta que una posición política es siempre una articulación entre pasado y futuro. Una aglutinación de sentido que nos permite entender el pasado y anticipar el futuro. A estos marcos interpretativos White los llamó trama. Nuestra lectura de éstas se resume en el siguiente cuadro:

A primera vista puede parecer extraño que cualquier gran relato pueda ser la clave que permita comprender toda la Historia. De hecho es extraño, imagine -comprensivo lector- cuál fue mi sorpresa al escuchar de boca de alguien formado en la UCR, una formación para interpretar el siglo XX, usar esa formación para explicar auge y caída del Imperio Romano. Hasta aquí puede parecer un exceso individual, así lo pensé en su momento, pero al tiempo escuché a un anarco-capitalista usar su marco explicativo para exponer su visión sobre lo ocurrido en el siglo VI en China, es decir tres siglos antes de que hubiera papel moneda.

Desde entonces he visto y escuchado las más variadas y extrañas interpretaciones históricas. Hay una verdad muy profunda en las palabras de Lichtemberg que señalan que cada sucesiva fundación de los masones ocurre en una fecha anterior, la primera fundación ocurrió en la edad media pero luego parece que ocurrió en Egipto antiguo y, si seguimos, llegará el día en que la haya fundado el mismísimo Adán. Así es como procede la búsqueda de sentido de los grandes relatos, poco a poco fagocitan toda la Historia, ¿o no le ocurrió lo mismo a Hegel al decir que Europa era el centro y el fin de la Historia? Error que hoy pagamos con una superpoblación de extraterrestres, porque esa historia eurocéntrica ya no puede explicar casi nada.

El bien y el mal

De las muchas formas que hay de encontrar sentido, la más simple es la división entre bien y mal. En nuestra propuesta esta es nada más que una forma particular de exacerbar la importancia de los valores. Por mencionarlo solamente, el modelo de Van Dijk establece en la división nosotros-ellos que todo se resume entre bien y mal, y con eso le parece que basta para hacer un análisis del discurso político. Nos parece que esa distinción de identificaciones pasa por alto lo más interesante: los otros, que no son ni ellos ni nosotros. En general se trata de esos que queremos incluir en el nosotros, a quienes queremos convencer, puede ser un grupo aislado que queremos hacer pasar por ellos o de indiferentes.

Volviendo a la exposición, las identificaciones son las uniones entre las distintas categorías, como identificar el nosotros con el lado bueno, pero también se identifica a algo consigo mismo, lo que sostiene un ente “desde dentro”. Puede sonar absurdo o rebuscado pero, ¿cómo es posible que los asesinos seamos los buenos? Es que nos vengamos por todo lo que nos hicieron, sólo queríamos justicia y, como nadie nos la daba, la hicimos nosotros. Solamente hicimos justicia, porque eso hacen los buenos. Justicia y bien, en este caso, se sostienen identificadas internamente, igual que nosotros y nuestros actos parecen ligados de manera interna, porque “son lo mismo”, la manifestación de una esencia.

Supongo que se notará que en párrafo anterior la explicación está maneada, si elegimos un ejemplo tan trillado para explicar qué es una posición política es para mostrar que en estos casos el problema no está ni en la interpretación de los hechos, ni en no ver los propios crímenes, ni siquiera en no diferenciar entre mal y bien, el problema es correlativo a eso que Freud llamó transferencia. Una obra con un número finito de personajes que cumplen roles fijos, sin embargo, los actores pueden renovarse, incluso cambiar el papel en el transcurso de la obra, piénselo bien, la obra es siempre la misma.

No sé qué tan familiarizado esté, querido lector, con los argumentos de los servicios de inteligencia, por las dudas se los resumo: siempre es todo en blanco y negro. Esta gente se vale de los prejuicios como nadie: desacreditar a alguien por homosexual o libertino,vale para descartar la tarea más heroica. Igualmente, un pequeño acto altruista eleva al más miserable, si se trata de una campaña a favor.

Para movernos un segundo de las cuestiones reales, que en este caso son siempre contingentes, pensemos en las teorías conspiranoicas, muchas de ellas ligadas a agentes o ex agentes de inteligencia, en particular me interesa esa que desacredita a la madre Teresa de Calcuta: no se trata de mitigar su velo de santidad, sino de poner ese velo como la tapadera de una persona verdaderamente ruin. Lo interesante es que en ambas versiones, la santa y la inescrupulosa egocéntrica, el modo de representar la subjetividad es igualmente irreal, descontextualizado. Pese a que cambian las identificaciones, los valores y los hechos, justamente para cambiar al sujeto de santo en miserable, la obra sigue siendo la misma, se le cambió el papel a un personaje pero sigue siendo el mundo del bien y el mal.

La trampa de zonzos

Para volver sobre la idea de la obra de teatro, en los registros de Lacan, la trama, eso que se cuenta para explicar de qué se trata una obra, pertenece al registro simbólico. En cambio, eso que hace que usted se ponga del lado de uno o de otro según cómo le cae, es lo imaginario. Obviamente estos registros no están separados y es parte fundamental que el protagonista nos caiga bien, en principio para poder prestar atención, sino serían sus actos los que nos provoquen rechazo y nos perderíamos en la trama (lo simbólico).

El bien y el mal no son un valor más entre la libertad, la honradez, la paz y la valentía. Son la amalgama imaginaria, una foto que la obra siempre repite, a pesar de cualquier cambio que sufra. Por ejemplo, pase lo que pase, para un marxista siempre será la lucha de clases, para un ultra conservador siempre será la falta actual de valores y para Guillermo Moreno siempre será la oligarquía. Todas estas explicaciones se sitúan en niveles diferentes, el conservador lo pone en el nivel del orden social y la represión, Moreno en cuestiones personales y hereditarias, y el marxista en las funciones sociales que estructuran la economía (relaciones sociales de producción y apropiación). Estas maneras distintas de distribuir la verdad en la historia nos sirven para ilustrar el punto en el que la ficción teatral y la historia utilizan la misma vara.

En función y campo de la palabra, Lacan da en la tecla al señalar que hay hechos que son producidos ya como si estuvieran siendo interpretados. Es decir, en primer lugar se les borra su dimensión de presentes, quienes los llevan a cabo no buscan realizarlos sino que hayan sido realizados por ellos. Buscan que estos hechos se inscriban en la historia, obviamente así es cómo se decide en la política. Como en el episodio de South Park, en el que la belleza de las niñas estaba determinada por las fotos de Instagram, en la política algo es bueno o malo según lo que parezca en la nota del diario.

Mejor dicho, parece que esto es así y el ejemplo más extremo de esta situación es 1984. En esa novela se nota perfectamente la distancia que hay, necesariamente, entre la opinión pública y la realidad.Esa distancia se articula en la inevitable hipocresía que necesitamos en nuestras sociedades. No se trata de creerle al tirano, sino de qué hacer frente a eso que es siniestramente falso, como las noticias de que la economía mejora, cuando se trata sólo de la economía de los corruptos. En la novela queda perfectamente claro que lo que se busca con estas mentiras es que las personas acepten que se les mienta, porque quienes simplemente creen son demasiado ingenuos como para vivir mucho.

Esas formas de aceptar una versión oficial están estrechamente ligado al tema de mi diálogo con Sebastián Más, del que surge este artículo, la zoncera. Como todas las formaciones imaginarias, estas constituyen una forma de alienación. El aceptar las mentiras, por el bien de un proyecto, tiene la misma estructura que el viejo chiste del borracho que no podía abrir la puerta y es ayudado por un policía que se apiadó. El borracho agradecido decide mostrarle su familia: en este cuarto duerme mi hijo mayor. Ahí está durmiendo, ahí duerme mi hija. Este es mi cuarto, ahí está mi mujer y el que está acostado al lado soy yo. En ambos casos, el del borracho y el del zonzo, la narrativa ofrece una imagen reconfortante, pero quien la interpreta no puede incluirse en ella como sujeto. La escena lo incluye afuera.

Eterno retorno de la interpretación

Lejos de los intentos reaccionarios de terminar con la posverdad debemos decir que los dilemas en torno al bien y al mal son así por la naturaleza de los valores y la manera en la que se sancionan. Los valores funcionan con los hechos como la mercancía y el valor para Marx. Pensamos que a un hecho el valor moral es algo que le pertenece, sin embargo es algo que se le atribuye en su circulación, y, al igual que los precios de una mercancía cambian, también puede algo bueno pasar a ser malo. En este sentido, igual que nos pasa en la economía argentina con la inflación, en el mundo el sistema de los valores está cambiando. Basta ver las transformaciones en el orden teológico, modernización de los credos y nuevas religiones.

Los valores, en su desarrollo, son atribuciones primero a hechos, luego a sujetos. Este segundo momento se produce por la esencialización: el sujeto revela su esencia en sus actos (difícil pedirle peras al olmo). Primero el hecho es juzgado especularmente y luego se le atribuye el veredicto al agente, en un nuevo momento especular. Más arriba mostrábamos que sucede cuando sobre este último momento se produce la sanción imaginaria, nos encontraremos frente a un cúmulo de sentido tan grande e inalterable como para explicar la historia por completo.

Pongamos un párrafo de ejemplo sobre el punto cero de la modernidad, la invasión de América, no había una España que se reconquistó (no puede haber una reconquista después de nueve siglos), no había Europa, ni había América. Todas las categorías con las que analizamos el suceso que da inicio a la historia mundial(antes no había ni siquiera el concepto de mundo que podemos tener actualmente) se analiza a partir de categorías que se trasladan para interpretar lo que de ante mano esas categorías suponen que sucedió. Si no me creen escuchen a Jesús Maestro que justifica los genocidios y saqueos españoles porque este era un continente con antropófagos. Si eso le parece mucho, también dice que no hubo genocidio español porque la esclavitud laboral y sexual de los españoles fueron integración de los pueblos nativos, a diferencia del extermino anglosajón (fuera de joda).

Dentro de este juego de la verdad también se produce un juego especular, es el individuo el que busca explicar aquello que lo explique a él, por qué percibe el mundo que lo rodea como lo hace; y se encuentra con que ese mundo está hecho para ser percibido de una determinada manera. Para que no se mal entienda, ni se banalice el punto, las calles son derechas y se cortan en ángulo recto en la urbanización moderna porque así es fácil llevar una representación mental del espacio urbano.

Aquí se produce, a la vez, la feliz reunión y el divorcio con el sentido: las experiencias de la realidad están producidas por una serie de valores, que dan forma a la realidad, pero que son inaplicables al mundo real, y ambas cosas suceden juntas. Nuestra ética moderna, kantiana, procede como la ciencia: hay unas máximas, como la primera ley de Newton, que se verificaría sólo en unas condiciones tales como una planicie infinita y ausencia de fricción y unas mediciones que abarcaran la eternidad. No son leyes de la experiencia empírica, ni lo pueden ser, pero ayudan a entender la realidad… y obrar en consecuencia.

Aquí tenemos el doble objeto en la política, los hechos y el marco interpretativo para el que son producidos. Si los hechos están deliberadamente intentando cambiar el marco, dice Zizek, estamos ante un hecho verdaderamente político, aquel que cambia las coordenadas de lo posible y lo imposible.

Veamos el problema en la dialéctica que ha tenido la palabra “turra” en la deriva feminista. En los tiempos en que el patriarcado funcionaba, la palabra refería a una mujer que usaba demasiado sus encantos femeninos para manipular a un hombre, en particular a hombres con pareja a los que se les insinuaba pero sin pretensiones formales.

En el segundo momento, la palabra también es una palabra del “discurso femenino”, pero para elogiar una mujer que fue un poco más allá de lo “correcto” en el uso de su galantería o mera manipulación en un contexto social, generalmente laboral. Finalmente, el uso que ya está en declive, por no haber sido incorporado en las capas medias, normalmente asociado a la clase baja, en la que la palabra significa una mujer que es bella y sabe atraer a los hombres, pero mantener su independencia.

Es decir, quiere decir lo mismo que en un primer momento, pero sin las connotaciones negativas que le daba el contexto patriarcal. Por el contrario, es el reconocimiento del sex appel femenino, ejercido con libertad por la clase baja que proyecta la sexualidad femenina en esquemas que trascienden la prostitución y el matrimonio.

El juego especular de los Otros

Volviendo sobre el problema de la posverdad, si la Historia la escriben los vencedores, la posverdad es la pelea de los intentos en pugna por vencer. Cada intento escribe borradores a medida que lucha, son instrumentos por explicar la situación y cómo llegar a la teleología propuesta. La ventaja de escribir la Historia es poder separar los hechos contingentes de los verdaderamente sistémicos. El objetivo es elevar el gran relato a Historia, pero esa es una operación de poder, no de verdad. Lo mismo sucede con el Gran Relato, utiliza las operaciones propias de la verdad, para aclarar las relaciones de poder. La posverdad es el juego de borradores que buscan ser la Historia, antes de que esta suceda.

El problema que se intenta resumir en esto sería, en principio, la multiplicidad de Otros que aspiran a interpretar la totalidad social. Estos Otros son las ideologías, que no están aisladas unas de otras, sino que se relacionan entre si, en esas interacciones comparten una lógica de fondo. Cuando una ideología intenta comprender a otra, para refutarla, lo que hace es identificarla con el goce como punto de identidad.

Aquí está la paradoja, el goce es lo intraducible de una ideología a otra. Para mostrar esto se puede apelar a un montón de lugares comunes: “¿Para qué quieren tanta plata?”, “¿No piensan antes de tener tantos hijos?”, “Esto es una fiesta que vamos a tener que pagar”, “Esa forma de libertad, en realidad es esclavitud”. En todos los casos se denuncia que lo que se vive como deseable, en realidad es malo.

Ciertamente, nadie cree en su ideología con el mismo esmero que descree de las de los demás: Todos sabemos que el dinero no hace la felicidad pero, ¡cómo ayuda! Todos sabemos que el gobierno no puede garantizar la felicidad del pueblo, pero si favorecer espacios para que surja. Todos sabemos que matar para alimentarse acarrea sufrimiento, pero algo hay que comer. Aferrarse a una parte más que a la otra ya es una toma de posición, que sin embargo no supone necesariamente llegar a convertirse en un cacho de ideología con patas.

Algo habrá que hacer

El punto de todo gran relato es hacer entendibles grandes porciones de tiempo, la unidad en la diversidad. Yo no sé que tan generalizable sea, pero es muy común que la forma narrativa sea el paso de las víctimas al poder. Por ejemplo, la insistencia de la ilustración en liberarse del oscurantismo religioso, el nazismo con la tiranía de los judíos, los conservadores con volver a una sociedad ordenada por la normalidad, una de cuyas versiones es Macri con la falta de institucionalidad populista. También nosotros los marxistas (¡Ay, dolor!) con la liberación de la explotación capitalista, madre de la opresión sistémica.

Sin embargo la manera en la que ese mismo relato establece que ha que buscar la liberación puede variar. Matar a los opresores puede parecer bueno, pero tanto mejor será buscar nuevos mecanismos de organización. Pero sobre todo, son distintas las condiciones en las que en cada relato tiene sentido dar las batallas. En un grupo de pares se puede hacer entre unas cinco personas perfectamente. Democratizar la sociedad es, a la vez, una tarea más inmediata y más difícil. Para matar se necesitan armas, en cambio para decidir algo en conjunto solamente hay que romper con el automatismo en el que quien esté a cargo decide y empiece a preguntar a todos los involucrados qué piensan.

Por el contrario, matar es una tarea que avanza rápido, mientras que las técnicas antifascistas se imponen muy lentamente. Pensemos por ejemplo cuánto tiempo lleva ya el intento por terminar con la violencia infantil pero, aunque no lo hayamos logrado todavía, ¿podemos renunciar?

Esta diferencia se instala en una diferencia fundamental. El modo populista se centra en quién ejerce la autoridad. Por su parte, los conservadores insisten en que los mecanismos de autorización se han degradado. Nosotros en parte coincidimos con estos, aunque mayormente el pasado al que apelan nunca sucedió, pero también insistimos en que ambas visiones son sólo dos caras de la misma moneda, el sistema autoritario necesita degradarse para funcionar. Lo que necesitamos son nuevos mecanismo de autorización.

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Escrito por Sebastián Mas

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